De pequeño todos los Domingos iba al pueblo. Allí estaban mis abuelos y nos reuníamos toda la familia a su alrededor. Era una pequeña fiesta. Era el único día de la semana que bebíamos “Coca-Cola” o “Fanta”, depende lo que hubiera, mi abuela hacia arroz con costra para todos y a veces, solo a veces, se mataba un conejo (de un golpe certero en la nuca) para echarlo a la comida. Si además era el cumpleaños de alguien, de postre teníamos una caja de pastas variadas “Cuétara”. Todo un festín.
Pero antes de todo eso, había que cumplir. Había que ir a Misa. Éramos niños y nos resultaba la parte más aburrida de nuestro Domingo, era un tiempo que podíamos dedicar a jugar a las chapas, once contra once, en un campo delimitado por las baldosas del suelo y pintadas con los colores de sus equipos a mano con pincel. Así que nuestra abuela, sabía incentivarnos.
Cinco duros por ir a Misa. ¡A cada uno! Cuando salíamos del templo íbamos corriendo al kiosko. Mis primeros recuerdos son guiado de mi hermano dos años mayor que yo, a comprar un sobre de los Monta-man. Si no sabes qué eran, lo entiendo. Eran unos sobres con unas artes, que les llamarían ahora, impresionantes. Recreaban escenas bélicas normalmente, como un desembarco militar o un rescate en helicóptero. Esa estampa te hacía soñar con lo que te podías encontrar dentro del sobre. ¡Todo un muñeco dispuesto para el combate! Y ahí se iban mis cinco duros. Hoy en día, el precio de los Monta-man…bueno, eso da para otra entrada.
El caso es que los años iban pasando y más o menos con diez u once años, seguía acudiendo a misa los Domingos y ya me llevaba a mi hermano pequeño. Mis hermanos mayores tenían más ocupaciones en la banda de música y no siempre podían venir. La dotación había subido, veinte duros.
Bien, acababa la misa y disparados al kiosko situado estratégicamente enfrente de la Iglesia. ¿Y qué comprábamos? Pues golosinas. Chicles, gominolas… una bolsa a rebosar. Las guardaba para después de comer, bueno alguna caía por el camino, para ser sincero. Y ahí empezaban los problemas o como diría ahora algún gurú empresario, detecté una necesidad.
Mis primos de Elche, eran adolescentes, dos primas y un primo. Los Sábados ya salían por la noche con sus amigos, así que, pese a los veinte duros…pues no conseguían levantarse para ir a misa. Eso sí, después de comer, cuando yo sacaba mi bolsa hasta los topes de golosina, era asaltado sin piedad como un carruaje en las películas del Oeste. ¡No podía ser! Otro fin de semana más que me quedaba sin golosinas. A ver, en Misa había aprendido que había que compartir, pero eso era un expolio.
Así que decidí emprender. Les proporcionaría las golosinas que nos llenaban de gozo las siestas de los Domingos a cambio de un precio justo. El precio justo era su valor más una pequeña ganancia para mí. Esto que puede parecer ahora común, recordarte que ni había redes sociales, ni canales de Youtube, ni se había escrito “Padre Rico, Padre Pobre”. ¡Simplemente eran los ochenta! La creatividad nacía del puro y duro aburrimiento.
Bien, pues tenía veinte duros. Así que llenaba mi bolsa con golosinas. Calculaba las que yo me iba a comer y las que compraba para comerciar con ellas. No podía tampoco exigir un precio elevado. A ver, eran mis primos mayores, si me ponía terco, me las quitaban y se acabó el negocio. O sea, que el sobrecargo era de unas pocas pesetas, pero me sentía orgulloso.
Esperaba cada Domingo para seguir haciendo crecer mi imperio. La primera de las medidas que tomé fue escuchar a mi cliente. Al principio, compraba las chucherías que yo pensaba que mis primos me iban a pedir, pero a veces me quedaba alguna sin vender. Entonces, entendí que era mejor funcionar por encargo. El Sábado por la tarde ya me encargaba de sondear y apuntarme bien, qué preferían saborear al día siguiente, por ejemplo, un chupa chups “Kojak” o un palote de “Damel”. Venta asegurada. Todos contentos.
Mi segunda idea fue crecer. Así que necesitaba más que esos veinte duros. Recurrí a mi madre. Le pedía cinco duros más con la promesa que por la tarde noche del Domingo le devolvería esos mismos cinco duros (eso sí, sin intereses). Es decir, arriesgué por mi negocio, incluso pidiendo prestado.
Espero que hayas entendido de qué te estoy hablando realmente. A emprender te pueden enseñar tutoriales o libros, pero realmente se lleva dentro. Además, un emprendedor no entiende de Domingos, 😉.
No recuerdo bien como terminó mi actividad. Creo que fue resultado de que las ganancias tampoco eran exageradas y preferí desentenderme y que me hacía mayor y en mi Colegio me apretaban mucho con los deberes (sí, hasta los Domingos tenía que estar haciendo tareas) y no tenía tiempo para tanto tejemaneje.
FIN